Welcome to the Jungle (La perla I)

Al principio todo habían sido risas y jolgorio. Quizá haber solventado su primera misión con rapidez y eficacia las había vuelto confiadas. A fin de cuentas superaron sin demasiados contratiempos cuantos clackars salieron a su encuentro, el frío de la estepa norteña, las sanguijuelas del pantano y las ramas belicosas del árbol de Maribor. Eso debería subirle la moral a cualquiera, y ellas no formaban un grupo cualquiera: eran las guerreras de Gurdis. 

Gurdis la guerrera enana no dejaba de hablar todo el rato sobre lo bien que le quedaban los harapos que llevaba a modo de ropa, lo ceñida que le quedaba esta prenda o tal otra... y de paso de manifestar en voz alta cada vez que podía lo guapa que era (para los estereotipos enanos, se entiende). Su compañera Diesa, tan enana como ella, asentía con la cabeza de forma mecánica, asintiendo a cada comentario de la líder del grupo. Por su parte las dos esbeltas elfas (Lia y Vezrina) hacía ya tiempo que habían dejado de prestar atención a la charlatanería de sus dos compañeras y se concentraban en evitar los peligros del camino. 

Porque si algo prometía esta nueva misión era peligro. Ya se lo advirtió Sharqu: esta vez la cosa iría mucho más en serio. Recuperar una de las famosas perlas de Chauville no iba a ser tarea sencilla, aunque a juzgar por la alegría con la que afrontaban la expedición las dos enanas nadie lo hubiera dicho. 

El calor de las selvas del sudeste era asfixiante. Los mosquitos, la humedad, las hormigas carnívoras y las bestias en general no paraban de acosarlas y de atacar sin compasión. Una de esas tórridas noches en la selva un sigiloso tigre se abalanzó sobre Diesa, que estaba montando guardia, y la dejó fuera de combate de un solo garrazo. Por suerte gritó lo suficiente como para despertar a sus compañeras, que a duras penas consiguieron acabar con la bestia.

Pero eso no le quitó las ganas de presumir a Gurdis. Tanto fue así que su actitud ni siquiera cambió cuando unos pocos días después se enfrentaron a un grupo de clackars sedientos de sangre y que hubieran acabado con ellas sin contemplaciones de no ser por la aparición estelar de Eliam Ahram, un mago con un ogro como mascota que las salvó con una oportuna bola de fuego de los picotazos mortales de los simios alados. En lugar de mostrarse agradecidas ante quien había salvado sus vidas, Gurdis se vino arriba y comenzó a insultar a su salvador cuando se percató que éste prefería no dirigirle la palabra a las enanas. Malherida (tanto en su cuerpo como en su orgullo) y con nulas posibilidades de victoria ante un mago experto y su ogro, comenzó a lanzarle improperios de todo tipo y a vilipendiarlo por su oscuro color de piel. Con buen criterio (y mejor educación) Eliam decidió retirarse y dejarlas tranquilas en lugar de buscar justa venganza. 

Lia y Vezrina no acababan de entender la rabia que consumía internamente a Gurdis. ¿Por qué perdía la paciencia tan rápidamente cuando se trataba de su raza? En muchos otros confines de Faerûn los elfos eran maltratados e incluso asesinados por el simple hecho de ser elfos y ellas no se lo tomaban tampoco tan a pecho, como mínimo no si sólo se trataba de que no les dirigieran la palabra. 

Pocas horas después salieron de la selva y llegaron a la costa. La maravillosa visión del mar abierto ante ellas fue algo espectacular que recordarían a lo largo de toda su (probablemente corta) vida. La inmensidad del océano, el ruido de las olas al romper contra la arena blanca de la playa, el olor a salitre impregnando el aire... y poco más al sur las murallas de la ciudad de Chauville, desde la que deberían encontrar un barco que las llevara hasta las islas cercanas en busca de las famosas perlas. 

Pero los problemas no acababan nunca. En las puertas de la ciudad unos inmensos y musculosos guardias nubios de piel negra como el ala de un cuervo a medianoche les informaron que los enanos no podían entrar en la ciudad a menos que fuera dentro de una jaula y con destino al mercado de esclavos. Sin embargo las dos esbeltas elfas serían bienvenidas en toda la ciudad. Tras una nueva acalorada discusión de Gurdis y Diesa con el oficial de la puerta, Lia y Vezrina consiguieron aplacar los ánimos de sus compañeras y convencerlas de que esperasen tranquilamente en la arena de la playa a que ellas consiguieran un barco. Y así lo hicieron. Al atardecer (y tras unas cuantas transacciones comerciales) un pequeño barco pesquero fondeó frente a la playa en la que esperaban Gurdis y Diesa tomando el sol tan ricamente. Vezrina había conseguido comprar el bajel por un precio razonable e incluso habían contratado los servicios de un viejo lobo de mar que las ayudaría a pilotar el barco hasta su destino. 

Tras toda una noche de travesía (durante la que alguna de las chicas se la pasó vomitando por la borda debido al mareo) salió el sol y vieron como se encontraban a pocas millas de su destino. Unos peligrosos tiburones trataron infructuosamente de hundir el barco golpeando sus furiosas colas contra el casco, pero la embarcación resistió perfectamente y llegaron a su destino. Ahora sólo faltaba bajar buceando y encontrar alguna perla mágica de Chauville. La primera que se decidió a bajar fue Lia. Con un cubo en la cabeza a modo de pequeña cámara de aire para poder respirar y una cuerda atada a la cintura descendió hasta el fondo del océano, que por suerte en aquella zona no estaba a más de unos 15 o 20 metros de profundidad. Comenzó a inspeccionar a su alrededor cuando notó un sutil pinchazo en su espalda y perdió el conocimiento. 

Al ver flotar el cubo y la cuerda, sus compañeras se temieron lo peor. Pero aún así sabían que debían seguir intentándolo, y esta vez la que probó suerte fue Gurdis. Pero el resultado fue el mismo: llegó hasta el fondo marino y cuando comenzaba a explorar los alrededores sintió un pinchazo y luego nada, tan solo la inconsciencia. Poco después unos seres de aspecto humanoide, agallas en el cuello y con los dedos de manos y pies palmeados abordaron el barco. La lucha fue rápida e infructuosa, pues en redujeron a Diesa y Vezrina con su aplastante superioridad numérica. 

Cuando las cuatro aventureras despertaron se encontraban dentro de unas cámaras de aire individuales, ancladas al fondo marino, mientras una figura las contemplaba más allá de las mamparas de cristal. De cintura para arriba recordaba vagamente el cuerpo de una mujer, pero de cintura para abajo su torso se abría a multitud de tentáculos amenazadores que no dejaban de moverse para mantener a la figura flotando frente a ellos. En uno de sus brazos la criatura esgrimía una larga lanza o arpón.



- Así que habéis venido a robar una de las famosas perlas de Chauville - dijo un voz dentro de sus cabezas. Por lo visto, la criatura debía de poseer algún tipo de don telepático para poder comunicarse con ellas así. - Un poco descarado por vuestra parte. Descarado e inapropiado - y diciendo ésto unos cuantos de sus tentáculos se movieron y extrajeron del interior de su abdomen una perla de color gris oscuro, del tamaño de una manzana, y la sostuvieron frente a ellas. 

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