El árbol de Maribor

El calor de la posada y la sabrosa comida estaban obrando milagros en el desánimo de las aventureras. Más de cuatro semanas de bosque, lluvia, viento y liebre para desayunar, comer y cenar les había hecho olvidar el sentido del humor, pero las patatas al horno con salsa picante de Otik y la promesa de una cama limpia y calentita era más de lo que ahora mismo se atrevían a desear. 

De pronto se dieron cuenta de que las estaban observando. Un hombre con ropajes grises sentado en la esquina más alejada del comedor las miraba fijamente cobijado bajo la ancha ala de un sombrero de viaje. Sus dedos nudosos de anciano asían firmemente una pipa de la que escapaban volutas de humo a intervalos regulares. 

Sin poder reprimir su curiosidad se acercaron a su mesa y tomaron asiento junto a él. 

- ¿Qué miras, viejo? ¿Quién eres y qué quieres? - disparó sin miramientos Lia, la rogue elfa, al tiempo que deslizaba una mano hacia una de sus dagas. Como toda respuesta el hombre sonrió pausadamente y aspiró otra bocanada de su pipa. 

- Me llamo Sharqu, y no he podido dejar de observar a un grupo de aventureras, todas ellas mujeres, entrando sin previo aviso en esta taberna. Un grupo curioso, sin duda, pues no es habitual ver a dos elfas y dos enanas juntas. Supongo que vivimos tiempos turbulentos y eso lo explica todo. Hay muchos orcos últimamente por estos bosques...

- ¿Qué sabes de la invasión de los orcos? - continuó Gurdis sin perderlo de vista. 

- Bueno - continuó el anciano, que con un gesto de su mano solicitó a la camarera una nueva ronda de cervezas y patatas asadas para las chicas - mis amigos y yo hace tiempo que vivimos preocupados por la invasión. Los orcos nunca han sido gentes de intelecto, y sin embargo su invasión parece perfectamente calculada. Es casi como si hubiera una mente superior detrás de sus movimientos, y claro, tratándose de orcos, esa mente sólo puede ser la del Archimago Nagarsh. 

- ¿Nagarsh? ¿No era una leyenda? - preguntó extrañada Diesa. La clérigo enana hacía tiempo que había oído hablar de Nagarsh, pero jamás pensó que se tratara de alguien real. 

- En absoluto - respondió el anciano. - Nagarsh es tan real como tú o como yo. Hace ya muchos años que comenzó a destacar en el conocimiento de la magia, convirtiéndose en el primer orco en generaciones capaz de realizar sortilegios de cierto nivel. Pero hace ya unos años que se inició en los caminos de la nigromancia, y todo aquel que recorre esos caminos acaba irremediablemente manchado. No es por tanto de extrañar que siga vivo a pesar de haber superado con mucho la esperanza de vida de un orco cualquiera. Mis amigos y yo hemos estado estudiando detenidamente cómo podríamos detener su oscuro poder, pero no vamos a poder hacerlo solos. A menos, claro está, que un grupo de valientes aventureras nos eche una mano. 

- ¿Una mano... gratis? - inquirió Vezrima. - Se me da muy mal ayudar a la gente gratis. 

El anciano volvió a sonreír entre dientes. 

- Gratis no, apreciada amiga. En esta vida nada es gratis. Pero si nos ayudáis estamos dispuestos a pagar vuestra colaboración de forma generosa. Para empezar lo primero que necesitaríamos para poder frenar a Nagarsh es un componente mágico de gran rareza. Se trata de conseguir un trozo amplio de la corteza del árbol mágico que crece en el centro mismo del bosque de Maribor, en el lejano norte. Traedme esa corteza y se os recompensará ampliamente. Y para que veáis que mi palabra es ley, podéis alojaros en esta posada dos días y al tercer día, al partir, os entregarán de mi parte una bolsa con 50 monedas de oro para vuestros gastos. Traedme esa corteza muchachas, y habrá más. 

Tras aceptar el trato las chicas se regalaron un día y medio de merecido descanso en la posada de Otik. Todas las penas del camino se ahogaron en un baño de agua caliente y jabón. Las sábanas perfumadas con espliego y una comida abundante y gustosa hicieron el resto. Al amanecer del tercer día estaban más que recuperadas y listas para partir. 

El camino hacia el norte era difícil. A medida que se adentraban en los bosques meridionales la vegetación era cada vez más densa, y la presencia de patrullas orcas también. Casi se topan de cara con un grupo de diez orcos que cruzaron justo frente a sus narices, ignorantes de la presencia del grupo de aventureras. Pero había demasiados peligros como para poder evitarlos todos. Una noche, cuando Lia se encontraba montando guardia, comenzó a escuchar unos inquietantes sonidos entre las ramas de los árboles. "Clack", "clack", "clack"... 

Despertó a sus amigas justo a tiempo de hacer frente al ataque coordinado de las criaturas. Se trataba de clackars, unos animales malvados con aspecto de pequeños monos con alas de murciélago que se lanzaron desde los árboles tratando de clavar sus afilados picos en cualquier parte desprotegida de armadura. Diesa la clérigo dio rápida cuenta de dos de ellos, pero otros dos se estaban cebando con la pobre Lia, incapaz de hacerles frente. Vezrima se deshizo de uno con bastante dificultad y Gurdis decapitó a uno de un hachazo. Cuando acabaron con los seis clackars estaban todas agotadas, heridas y Lia yacía inconsciente en el suelo. Por suerte consiguieron reanimarla y curarla lo justo para poder proseguir su camino hacia al norte. 

A los pocos días llegaron a una aldea miserable en medio de la estepa nevada. El único local que acogía a forasteros, haciendo las veces de posada, estaba sucio y mugriento, pero era mejor que dormir a la intemperie, sobre todo tan al norte y rodeados de nieve. Les informaron que el bosque de Maribor estaba a las afueras del pueblo, y les dieron indicaciones de cómo llegar al pantano del bosque, aunque les advirtieron que pocos volvían de allí con vida. Tras descansar en la posada una noche y despertar infestadas de piojos y chinches las aventureras se encaminaron al dichoso bosque. No tardaron en dar con el pantano, en el que el agua oscura y llena de sanguijuelas (y quizá otras cosas que por suerte no se veían bajo la oscura superficie) les llegaba a las elfas hasta las rodillas, y a las enanas hasta casi la cintura. Y allí, en medio de aquel pantano infecto, divisaron el que sin duda era el árbol mágico de Maribor. 



Junto a su base se podían ver los cuerpos de aventureros anteriores ensartados en ramas y raíces negras y retorcidas. Se acercaron con cautela y mientras Vezrima, Lia y Diesa trataban de tener ocupado al árbol y de defenderse como podían, Gurdis trataba desesperadamente de cortar un trozo de la corteza. Pasaban los minutos, las fuerzas de las guerreras cada vez se debilitaba más y Gurdis no conseguía su objetivo, y finalmente una rama gruesa como un hombre dejó inconsciente a Vezrima de un barrido. 

Casi a la desesperada y cuando ya todo parecía perdido (¿de verdad habían llegado hasta aquí para ser derrotadas por un simple árbol?) el hacha de Gurdis se hundió en una de las ramas bajas del árbol, sajando un trozo de corteza de buen tamaño. Sacaron del alcance del árbol a la caída Vezrima y volvieron a la posada del pueblo norteño, donde una medio orca cosió las heridas de Vezrima con bastante buen pulso. Cuando se hubieron recuperado lo suficiente emprendieron el camino de vuelta al sur, hasta llegar sanas y salvas a la posada de Otik, donde su recompensa las esperaba. Aunque a decir verdad, no había mejor recompensa para las chicas que una buena cena, un buen baño caliente y una cama mullida y perfumada. 


Comentarios

Publicar un comentario