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Mostrando entradas de octubre, 2017

Machacahuesos

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Las discusiones eran cada vez peores y se producían con más frecuencia. Al principio, cuando viajaban solos Roden el ranger y Ardan el rogue , las cosas funcionaban mucho mejor. Un grupo pequeño de dos pasaba casi siempre desapercibido, aunque estuviese formado por dos elfos. Pero pronto fue evidente que necesitaban a alguien con capacidad de invocar fuerzas arcanas si las cosas se ponían feas. Como caído del cielo al poco tiempo se cruzó en su camino Aranix, un sorcerer también elfo como ellos. No podían creer la suerte que habían tenido. De repente todo era mucho más sencillo, desde encender la hoguera del campamento por las mañanas hasta cocinar los alimentos por la noche e incluso montar defensas alrededor de su escondite cada día.  Pero a medida que la presencia de orcos se iba haciendo cada vez mayor, los encuentros con dichas bestias era cada vez más inevitable. Tuvieron que abandonar la región buscando zonas más seguras y poco transitadas. Pero no existía zona que es...

Las dos hermanas

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No había parado de llover desde poco después del mediodía. Con las botas embarradas y las ropas caladas hasta los huesos, las hermanas casi sollozaron de alegría al divisar la aldea que se alzaba al pie de la prolongada pendiente en la que acababa la colina por la que discurrían.  A pesar de que la distancia que les separaba de las primeras casas era escasa su recorrido se les antojó largo y duro, quizá debido al peso del barro aferrado a sus botas o quizá debido a las ganas de disfrutar de la primera cama decente en dos semanas. Realmente vivir la aventura era mucho más incómodo de lo que habían imaginado ambas elfas cuando de niñas soñaban con recorrer juntas el mundo.  Por fin alcanzaron el puente de piedra que cruzaba el río a la entrada del pueblo. Las aguas bajaban crecidas a causa de las lluvias torrenciales de las últimas horas. Altea (siempre en cabeza, como buen ranger ) buscaba con la mirada alguna posada o taberna en la que poder alojarse ella y su hermana...

Las guerreras de Gurdis

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Había caído la noche en el bosque de Silvanesti. Los ruidos de los depredadores nocturnos se mezclaban con el de las ramas más pequeñas de la hoguera al partirse bajo el calor del fuego. Con los ojos absortos en las danzantes llamas, Gurdis - la guerrera enana - pulía de forma repetitiva y monótona su cota de malla. Justo a su derecha unos pasos lentos y confiados avanzaron hasta situarse dentro del círculo iluminado por el fuego. Diesa, la enana clérigo que siempre acompañaba a Gurdis volvía de su ronda nocturna con una liebre muerta en la mano. Sin mediar palabra se dispuso a despellejarla y a ensartarla en un espetón sobre la hoguera. - ¿Otra vez liebre? - preguntó con brusquedad Gurdis. - Ya van tres veces esta semana. - No hay presas más sencillas en este bosque, a no ser que ahora prefieras comer raíces y gusanos - contestó de forma hosca Diesa -. Me gusta tanto como a ti, pero hasta que no salgamos de la espesura no puedo demorarme mucho más ahí afuera. Este bosque tiene...