La cueva de Moloch (I)
Por fin poseían el músculo y la fuerza que tanto necesitaban para poder sobrevivir en un entorno hostil. La presencia del medio orco Machacahuesos les daba tranquilidad y seguridad en sus posibilidades. No tardaron en encontrar una oportunidad de oro para poner a prueba su potencial como grupo.
No muy lejos de su último campamento encontraron a un grupo de goblins acampando. Eran ocho individuos, liderados por el más alto (y probablemente el más violento) del grupo. Ninguno de ellos le llegaba al hombro a ninguno de los miembros de la banda de Roden, así que no deberían de tener problemas con esas monstruosidades verdes. Decidieron lanzar un ataque sorpresa desde diversos flancos (es decir que lo decidió Roden porque se autoproclamó líder del grupo) para maximizar los daños y aumentar el desconcierto en el desprevenido enemigo. Cinco minutos después el clérigo Eldelbar acababa con el último goblin vivo, mientras sangraba profusamente por sus propias heridas y contemplaba atónito como los otros cuatro miembros de su grupo se hallaban inconscientes a su alrededor.
Eldelbar decidió elevar una plegaria a su dios para poder curar a Ardan y Aranix, que estaban prácticamente muertos. Roden y Machacahuesos se recuperarían con una noche de descanso y unos pocos primeros auxilios. Quizá después de la debacle sufrida se replantearían las estrategias a seguir. Además (pensaba Eldelbar) la falta de pollo empezaba a ser preocupante.
Despertaron a la mañana siguiente todavía rodeados por los cadáveres de los goblins que habían asesinado la tarde anterior. Roden se puso a rebuscar entre las pertenencias del líder y encontró un mapa en buen estado de conservación. Era evidente que aquel mapa no había sido dibujado por ningún goblin (los goblins apenas sabían hablar, no digamos ya dibujar mapas ni mucho menos hacer anotaciones en ellos), y en él constaba un lugar marcado como la "cueva del mago Moloch".
- Chicos - los enardeció Roden - tenemos un plano de estos bosques con una indicación clara del objetivo que debemos buscar: la cueva del mago Moloch.
- ¿Y eso no va a ser peligroso? - repuso Eldelbar sin mucho entusiasmo -.
- Podría ser, pero somos un buen grupo de combate y nada debemos temer. Y si en esa cueva hay algo de valor o algo mágico que conseguir, lo haremos. Y lo haremos juntos.
Ante la falta de oposición a la opinión del líder virtual del grupo se pusieron en marcha. Tras un par de semanas de deambular por el bosque buscando infructuosamente la cueva, finalmente encontraron su entrada oculta tras un manto de espesa vegetación, en la pared de roca de la montaña. Decidieron que lo más prudente (por lo que pudiera pasar) sería que el medio orco pasara el primero como escudo humano (o como escudo orco) y los demás fueran detrás. El túnel de acceso descendía con una pendiente poco pronunciada. A los pocos metros de la entrada Machacahuesos divisó un fino cable de acero que atravesaba todo el pasillo a lo ancho, a la altura de los tobillos.
- He visto un cable que atraviesa el pasillo. Creo que debe ser una trampa... - explicó al resto del grupo.
- Entonces mejor no lo toques. - comenzó a decir Aranix.
- ...así que mejor lo corto con la espada y la desactivamos - acabó su "razonamiento" Machacahuesos. Y diciendo ésto cortó el cable con un tajo de su espadón. Inmediatamente un ruido de rocas rodando sobre ellos los sobresaltó, y pocos segundos después la entrada de la cueva a su espalda quedaba taponada por varias toneladas de rocas graníticas.
Decidieron que el medio orco quizá no era el más indicado para encabezar la expedición. A fin de cuentas el más sigiloso y el mayor experto en trampas del grupo era Ardan, así que el rogue pasó a encabezar la comitiva. Un par de horas de descenso más tarde llegaron a un puente de madera podrida colgando de dos cuerdas sobre un oscuro abismo. La verdad es que aquello no prometía nada bueno, y el puente no daba ningún tipo de garantías. Armándose de valor y con su ligereza de pies habitual, Ardan cruzó al otro lado del puente sin ningún problema.
Con sumo cuidado Roden el ranger siguió sus pasos, cuidándose mucho de pisar en los lugares exactos en que había pisado anteriormente Ardan. En pocos segundos se encontraba a salvo en el otro extremo del puente junto a su compañero. Llegó el turno de Aranix el sorcerer. Dubitativo y con miedo de caer al vacío se armó de valor y cruzó rápidamente sin mirar atrás. Sus compañeros lo agarraron cuando el puente comenzó a balancearse violentamente bajo su alocada carrera. Le tocaba el turno a Eldelbar el clérigo. Y ahí se comenzó a torcer todo. A medio camino una tabla podrida de madera se partió bajo su peso y si no llega a aferrarse a ambas cuerdas hubiera caído al oscuro vacío. Rápidamente Ardan salió a su encuentro, lo agarró con ambas manos y lo aupó. Con grandes esfuerzos consiguieron llegar juntos al extremo opuesto del puente. A Eldelbar todavía le caían grandes goterones de sudor por la mejilla, en parte por el esfuerzo y en parte por el susto. Ya sólo quedaba por cruzar Machacahuesos. Y fue poner el primer pie sobre el puente y la tabla de madera se quebró en mil astillas bajo el peso del guerrero. Lo último que vieron sus compañeros fue la cara de incomprensión en su verde cara mientras caía y caía. Y al final un sonoro y líquido "plop". En la distancia de las cavernas un tambor comenzó a sonar "dum-dum-dum-dum".
- Oh, no! Ha muerto Machacahuesos. No puede ser - sollozó Roden. - No tenemos futuro sin nuestro guerrero. Iré a buscarlo - e incomprensiblemente y ante la mirada atónita del resto, se lanzó de cabeza al vacío.
- No podemos seguir así. Roden tiene razón. Debemos correr todos la misma suerte, para bien o para mal - argumentó Ardan, y acto seguido se lanzó también él al vacío.
En lo alto del precipicio Eldelbar y Aranix miraban la caída de sus amigos con incredulidad.
- Por favor, dime que esos dos idiotas no se acaban de suicidar - musitó tristemente Aranix.
- Quins collons - respondió en alto élfico Eldelbar. - Y yo que pensaba que el de las ideas estúpidas era el medio orco. En fin, tendremos que seguir solos nosotros dos.
Ante ellos se abrían tres oscuros pasillos. El de la izquierda era el que descendía de forma más pronunciada. El del centro descendía también pero con mayor suavidad. Y el de la izquierda ascendía bastante rápido y por él se colaba una perceptible ráfaga de aire fresco.
- Ni arriba ni abajo: por el del medio - decidió Eldelbar.
Unos pocos centenares de pasos más adelante encontraron varios esqueletos de guerreros que en su día se habían aventurado por aquel sendero, así que presa de un pavor irracional decidieron volver sobre sus pasos. Su siguiente opción fue tomar el corredor de la derecha, el ascendente. Unos minutos más tarde el pasillo desembocaba en la ladera de la montaña, de nuevo a cielo abierto, en el que una luna creciente y un millar de estrellas brillaban ajenas a sus problemas. Pero no eran aventureros que se largaran de una cueva sin nada de lo que presumir, así que decidieron una vez más volver sobre sus pasos y tomar el accidentado pasillo de la izquierda. Tras varias horas de descenso el túnel se transformaba en una escalera de peldaños irregulares, y poco después llegaban a una explanada subterránea junto a un río de aguas bravas de unos 12 metros de anchura. Al otro lado de la corriente y sobre unos cantos rodados pudieron ver los cuerpos inertes de sus compañeros caídos.
Aranix ya se disponía a cruzar cuando a su espalda comenzó a tomar forma un sombra surgida de la nada. Parecía crecer de la oscuridad misma, y era una criatura casi incorpórea. Sin darle tiempo a adoptar la plenitud de su forma Eldelbar le descargó su maza y Aranix le lanzó una bola de fuego. La figura se consumió entre las llamas del conjuro, serpenteando en el aire con movimientos espasmódicos.
- ¿Eso qué era? - preguntó Eldelbar.
- Una Sombra - contestó Aranix, seguro de sí mismo y de sus conocimientos de hechicería.
- ¿Y ahora cómo cruzamos este río subterráneo? - prosiguió Eldelbar.
- Buena pregunta... - meditó en voz alta Aranix. - Déjame concentrarme y trataré de congelar poco a poco el agua, pero sólo funcionará en la medida en que me concentre. Cuando esté lo suficientemente congelada cruza al otro lado tan rápido como puedas. Yo trataré de seguirte antes de que se deshiele la corriente y me hunda en las aguas.
Y dicho y hecho. Con grandes dosis de concentración el sorcerer consiguió crear un puente helado por el que ambos pudieron cruzar. Una vez en el otro lado fue el turno de Eldelbar de curar a los caídos (o más bien habría que decir que los devolvió a la vida, porque tras una caída de más de 50 metros golpeándose contra las rocas y varios kilómetros de ser arrastrados corriente abajo, la muerte era un hecho certificado). Descansaron en esa ribera del cauce subterráneo y trataron de recuperar fuerzas. Al cabo de unas horas, ya los cinco aguantándose por su propio pie, optaron por repetir la operación para cruzar de nuevo hasta las escaleras. Aranix se concentró y comenzó a congelar las aguas. Poco a poco se encaramó al puente helado que él mismo estaba construyendo cuando una voz rompió su concentración...
- ¿A alguien le queda pollo? - preguntaba un hambriento Eldelbar.
- ¡¡¡ Nooooooooo !!! - gritó Aranix mientras caía a las oscuras aguas y era arrastrado corriente abajo para no volver a ser visto.
Abrumados por la pérdida de su compañero, el resto del grupo se las tuvo que ingeniar para construir una tirolina con una cuerda y cruzar mojándose de pies a cabeza. Desanduvieron todo el tramo de escaleras y la empinada pendiente del pasillo y regresaron tras varias horas de esfuerzos, una vez más, junto al destruido puente del día anterior.
- Pues no queda otra - dijo Roden.- Hay que ir por el camino del medio haya o no haya esqueletos.
Al principio sus pasos eran temerosos, como esperando encontrar una trampa mortal en cualquier momento. Pero poco a poco se fueron relajando cuando vieron que no había mayores peligros a la vista. Poco después comenzaron a oír unas voces que se iban haciendo más fuertes y claras a medida que avanzaban. Llevaban horas sin descansar, pero los cánticos y los graznidos que llegaban a sus oídos no auguraban nada bueno. Sin apenas esperarlo, la pared lateral del pasadizo en que se encontraban se abrió a una inmensa caverna inferior, como si estuviesen viendo una macabra representación teatral desde un palco elevado. Y allí abajo, alzándose sobre casi un centenar de goblins, un sacerdote con una máscara ósea y cuernos de animal oficiaba lo que parecía un sacrificio sobre un altar impío. El cuerpo inerte que yacía indefenso sobre el altar era el de su compañero Aranix.

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