Machacahuesos
Las discusiones eran cada vez peores y se producían con más frecuencia. Al principio, cuando viajaban solos Roden el ranger y Ardan el rogue, las cosas funcionaban mucho mejor. Un grupo pequeño de dos pasaba casi siempre desapercibido, aunque estuviese formado por dos elfos. Pero pronto fue evidente que necesitaban a alguien con capacidad de invocar fuerzas arcanas si las cosas se ponían feas. Como caído del cielo al poco tiempo se cruzó en su camino Aranix, un sorcerer también elfo como ellos. No podían creer la suerte que habían tenido. De repente todo era mucho más sencillo, desde encender la hoguera del campamento por las mañanas hasta cocinar los alimentos por la noche e incluso montar defensas alrededor de su escondite cada día.
Pero a medida que la presencia de orcos se iba haciendo cada vez mayor, los encuentros con dichas bestias era cada vez más inevitable. Tuvieron que abandonar la región buscando zonas más seguras y poco transitadas. Pero no existía zona que estuviese libre de la marea verde que protagonizaban las hordas de orcos en expansión constante. Las escaramuzas y los combates fueron cada vez más habituales, hasta convertirse en acontecimientos diarios de incierto resultado. Y con ellos los tajos, las heridas y la imposibilidad de luchar más.
De nuevo, como si se tratase de un regalo de los dioses, apareció un día cerca de su campamento Eldelbar, un clérigo con magia de curación. Era sólo un medio elfo, pero no estaba la cosa como para ponerse remilgados y puristas respecto a quien acoger en la banda y a quien no. Las pocas reticencias que hubo al principio quedaron rápidamente disipadas cuando Eldelbar comenzó a trabajar su magia curativa sobre las heridas y las articulaciones machacadas del grupo de elfos. Definitivamente tener a un clérigo en el grupo marcaba la diferencia.
- Seguimos siendo carne de cañón, compañeros - decía Roden sentado junto a sus compañeros alrededor del fuego del campamento. - No tenemos un guerrero experto entre nosotros y lo acabaremos pagando.
- Mira Roden, - respondía Aranix - puedo estar de acuerdo contigo hasta cierto punto, pero lo cierto es que seguimos vivos y ya llevamos bastante tiempo rondando juntos estos bosques. Si hasta ahora hemos sobrevivido...
- ... es que hemos tenido mucha suerte, sin duda - le interrumpió Ardan. - Eso y que la llegada de Eldelbar ha sido providencial.
- Yo no lo veo como vosotros - seguía el sorcerer en sus trece. - Roden es el mejor rastreador y montaraz que hay en este bosque, tú Ardan eres más sigiloso que una sombra, yo aporto mis poderes arcanos y Eldelbar es un combatiente bastante digno, además de tener poderes curativos. Yo creo que con eso podemos salir adelante bastante bien. ¿Tú que opinas Eldelbar?
- Mmmm... - rezongó éste mientras roía una pata de pollo rustida.
- Gran aportación - sonrió Roden. - Pero no es suficiente. Tenemos la astucia, sí. Tenemos el sigilo, la magia y todas las tretas del mundo, pero un día de éstos nos va a sorprender un grupo lo suficientemente grande de orcos y no les vamos a durar ni dos minutos. No podemos seguir jugando al gato y al ratón en este bosque durante más tiempo. Nuestra suerte se agotará antes o después.
- Estoy de acuerdo - remató Ardan. - necesitamos un guerrero, y lo necesitamos ya. Alguien capaz de parar a dos o tres adversarios a la vez mientras nosotros flanqueamos y practicamos nuestras artes más sutiles. Alguien con inteligencia de combate. ¿Estás de acuerdo Eldelbar?
- Mmmm... - volvió a mascullar el clérigo. - ¿No hay más pollo?
- ¿En serio? Sólo piensas en comer - exclamó incrédulo Aranix. - Estamos aquí discutiendo si hemos de incorporar a un guerrero astuto y capaz al grupo y tú sólo piensas en pollo.
- ¿Y de dónde sacamos a un guerrero así? - cortó bruscamente Ardan. - Tampoco es que abunden mucho ni que oferten sus servicios en los cruces de caminos.
- El hijo de la molinera - sentenció Roden.
- ¡¡¿Cómo?!! - gritaron al unísono Ardan y Aranix. - ¡Pero si es medio orco! - acabó Ardan.
- ¡Peor aún, es imbécil! - acabó de rematar Aranix.
- Chicos, calma - prosiguió Roden. - Sabéis tan bien como yo que es nuestro hombre. Mide 2,10 metros de altura, debe de pesar unos 150 kgs aproximadamente, y maneja ese mandoble a dos manos como si fuera un cuchillo con el que mondar una naranja.
- Vale, acepto que es una bestia parda (en este caso una bestia verde) y que sólo de verlo ya da miedo, pero no cuadra con nosotros - rebatió Ardan acaloradamente. - En primer lugar es un medio orco, y no estoy muy seguro que le haga gracia unirse a un grupo de elfos a luchar contra los orcos. En segundo lugar no sabemos si sabe luchar en equipo o si sólo sabe desenvolverse en solitario. Y en tercer lugar creo recordar que en el pueblo todo el mundo comenta que no es el chico más espabilado del mundo. Si se hace llamar Machacahuesos muchas luces no va a tener.
- Mañana lo descubriremos - respondió de nuevo Roden con toda la calma del mundo.
- ¿Mañana? ¿Cómo que mañana? ¿Por qué mañana? ¿Cuando dices "mañana" es un mañana figurativo o es literal? Porque quizá por "mañana" quieres decir "próximamente", o "algún día", o... - intentaba convencerlo Aranix.
- Cuando digo "mañana" quiero decir exactamente lo que he dicho - zanjó Roden. - Si he dejado de ser el líder del grupo y no me he enterado me gustaría que me lo dijera alguien. De lo contrario mañana al amanecer iremos al molino, rodearemos el claro que hay junto al río y cuando pase el chaval camino del pueblo le emboscamos. A ver qué sacamos en claro. Si se nos une, bien. Si no... será doloroso para todos.
Y dicho ésto se fueron a dormir. O lo intentaron al menos, puesto que Ardan y Aranix no dejaban de darle vueltas al alocado plan de Roden de unir a un medio orco al grupo. Por su parte Roden cayó dormido rápidamente, feliz de haber tomado por fin una decisión que sabía que no podían demorar mucho más. En cuanto a Eldelbar esa noche soñó con una granja de pollos sólo para él.
A la mañana siguiente se despertaron al alba y siguieron el plan trazado la noche anterior. Se encaminaron hacia el molino del pueblo, pasaron de largo y tomaron posiciones alrededor del claro que había justo antes de cruzar el puente. Cuando Machacahuesos apareciese lo rodearían por los cuatro lados y le harían su oferta una sola vez.
Tras una hora larga de espera por fin se oyeron los pesados pasos de la bestia verde acercándose. Era realmente grande, con un par de colmillos amarillentos que nacían en su mandíbula inferior y que sobresalían de su boca hasta acabar un poco más abajo de su nariz chata y verde. Él solo poseía más masa muscular que los cuatro elfos juntos y por encima de su hombro derecho asomaba la desgastada empuñadura de un mandoble de un tamaño considerable. Cuando entró en el claro a punto de cruzar el puente saltó frente a él Roden, con las rodillas separadas y los brazos en jarras, desafiante. A la izquierda del muchacho apareció un elfo con una bola de fuego girando sobre la palma abierta de su mano, y a la derecha un medio elfo con una maza en una mano y una pata de pollo en la otra que mordisqueaba distraídamente. Aunque no oyó nada a su espalda supuso (y acertó) que alguien estaría cubriendo su posible huida por la retaguardia. El medio orco los miró uno a uno con curiosidad.
- Hola muchacho - comenzó Roden. - No temas, nuestra intención no es hacerte daño.
- ¿Temeros? - contestó el medio orco. - Si sólo sois siete.
- Ostras, si es que no sabe no contar... - se desesperaba Aranix. - Más tonto y nace de corcho.
- Me gusta esa actitud - continuó Roden, que sonreía abiertamente. - Definitivamente eres el tipo que andamos buscando.

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