Las guerreras de Gurdis
Había caído la noche en el bosque de Silvanesti. Los ruidos de los depredadores nocturnos se mezclaban con el de las ramas más pequeñas de la hoguera al partirse bajo el calor del fuego. Con los ojos absortos en las danzantes llamas, Gurdis - la guerrera enana - pulía de forma repetitiva y monótona su cota de malla.
Justo a su derecha unos pasos lentos y confiados avanzaron hasta situarse dentro del círculo iluminado por el fuego. Diesa, la enana clérigo que siempre acompañaba a Gurdis volvía de su ronda nocturna con una liebre muerta en la mano. Sin mediar palabra se dispuso a despellejarla y a ensartarla en un espetón sobre la hoguera.
- ¿Otra vez liebre? - preguntó con brusquedad Gurdis. - Ya van tres veces esta semana.
- No hay presas más sencillas en este bosque, a no ser que ahora prefieras comer raíces y gusanos - contestó de forma hosca Diesa -. Me gusta tanto como a ti, pero hasta que no salgamos de la espesura no puedo demorarme mucho más ahí afuera. Este bosque tiene ojos.
- Los tiene sin duda - respondió Gurdis, pasando el pedernal lenta pero constantemente sobre la hoja de su hacha de combate. - Y mi instinto me dice que no tardaremos mucho en saber a quién corresponden esos ojos.
Casi como si sus palabras hubieran tenido algún tipo de poder profético, una flecha salió disparada de entre la espesura y fue a clavarse entre sus dos pies. Inmediatamente las dos enanas se pusieron en pie de un brinco y en un abrir y cerrar de ojos ambas blandían sus armas desafiantes ante cualquier enemigo que osara enfrentarse a ellas. Sin embargo Gurdis notó como una fría hoja de metal se hincaba en su cuello desde atrás, con la presión justa como para impedirle cualquier movimiento.
- Yo de ti no lo haría - dijo una voz susurrante a su espalda, como si intuyera sus ganas de volverse y atacar. La voz tenía un suave acento élfico.
De entre la espesura frente a ellas apareció un esbelta mujer de rasgos élficos, vestida con una capa pardusca y unas mallas oscuras y con un arco listo en su mano para soltar un nuevo proyectil sobre las enanas.
- Soy Vezrima Anastazia, del pueblo libre de los elfos del bosque. Y tened por seguro que de haberlo querido os habría podido matar hace ya rato. Y la poco habladora propietaria de esa daga que se clava en tu cuello es mi amiga Lia. Soltad vuestras armas y tengamos una conversación civilizada.
- No acabo de comprender cómo soltar nuestras armas va a llevarnos a una situación de diálogo - razonó Diesa, que aún balanceaba su hacha entre las manos -.
- Querida, no creo que estéis en condiciones de negociar nada ahora mismo. O soltáis las armas o morís - zanjó Vezrima tensando la cuerda de su arco.
Sin más, las dos enanas soltaron sus armas y se sentaron junto al fuego. Vezrima no les quitaba ojo de encima atenta a cualquier movimiento sospechoso, mientras Lia se movía como una sombra apartando las hachas caídas del alcance de sus propietarias. Cuando hubieron acabado se acercaron al fuego junto a las enanas y de una mochila sacaron una pata de venado. La pusieron sobre el fuego y la dejaron allí, asándose con su propia grasa.
- Cuando esté bien asada podremos comer las cuatro - continuó Vezrima. - Es bastante más sabrosa que la liebre. Sobre todo cuando la liebre es la tercera que coméis en una semana.
- ¿Y por qué iban dos elfas de los bosques a compartir su comida con dos enanas? ¿ Desde cuando vuestro pueblo y el nuestro son amigos y comparten el pan y la sal? - replicó Gurdis.
Con una mirada cargada de reproche y odio Lia, la sombra que les había arrebatado las armas sin que la oyera venir, les contestó - Desde que no nos queda más remedio que hacerlo. Desde que nuestro enemigo común se ha vuelto mucho más fuerte que nuestros pueblos por separado. Desde que nuestra única alternativa es vivir.
Y con un silencio triste y ominoso se sentaron las cuatro a compartir su cena y, quizá, su futuro.
Justo a su derecha unos pasos lentos y confiados avanzaron hasta situarse dentro del círculo iluminado por el fuego. Diesa, la enana clérigo que siempre acompañaba a Gurdis volvía de su ronda nocturna con una liebre muerta en la mano. Sin mediar palabra se dispuso a despellejarla y a ensartarla en un espetón sobre la hoguera.
- ¿Otra vez liebre? - preguntó con brusquedad Gurdis. - Ya van tres veces esta semana.
- No hay presas más sencillas en este bosque, a no ser que ahora prefieras comer raíces y gusanos - contestó de forma hosca Diesa -. Me gusta tanto como a ti, pero hasta que no salgamos de la espesura no puedo demorarme mucho más ahí afuera. Este bosque tiene ojos.
- Los tiene sin duda - respondió Gurdis, pasando el pedernal lenta pero constantemente sobre la hoja de su hacha de combate. - Y mi instinto me dice que no tardaremos mucho en saber a quién corresponden esos ojos.
Casi como si sus palabras hubieran tenido algún tipo de poder profético, una flecha salió disparada de entre la espesura y fue a clavarse entre sus dos pies. Inmediatamente las dos enanas se pusieron en pie de un brinco y en un abrir y cerrar de ojos ambas blandían sus armas desafiantes ante cualquier enemigo que osara enfrentarse a ellas. Sin embargo Gurdis notó como una fría hoja de metal se hincaba en su cuello desde atrás, con la presión justa como para impedirle cualquier movimiento.
- Yo de ti no lo haría - dijo una voz susurrante a su espalda, como si intuyera sus ganas de volverse y atacar. La voz tenía un suave acento élfico.
De entre la espesura frente a ellas apareció un esbelta mujer de rasgos élficos, vestida con una capa pardusca y unas mallas oscuras y con un arco listo en su mano para soltar un nuevo proyectil sobre las enanas.
- Soy Vezrima Anastazia, del pueblo libre de los elfos del bosque. Y tened por seguro que de haberlo querido os habría podido matar hace ya rato. Y la poco habladora propietaria de esa daga que se clava en tu cuello es mi amiga Lia. Soltad vuestras armas y tengamos una conversación civilizada.
- No acabo de comprender cómo soltar nuestras armas va a llevarnos a una situación de diálogo - razonó Diesa, que aún balanceaba su hacha entre las manos -.
- Querida, no creo que estéis en condiciones de negociar nada ahora mismo. O soltáis las armas o morís - zanjó Vezrima tensando la cuerda de su arco.
Sin más, las dos enanas soltaron sus armas y se sentaron junto al fuego. Vezrima no les quitaba ojo de encima atenta a cualquier movimiento sospechoso, mientras Lia se movía como una sombra apartando las hachas caídas del alcance de sus propietarias. Cuando hubieron acabado se acercaron al fuego junto a las enanas y de una mochila sacaron una pata de venado. La pusieron sobre el fuego y la dejaron allí, asándose con su propia grasa.
- Cuando esté bien asada podremos comer las cuatro - continuó Vezrima. - Es bastante más sabrosa que la liebre. Sobre todo cuando la liebre es la tercera que coméis en una semana.
- ¿Y por qué iban dos elfas de los bosques a compartir su comida con dos enanas? ¿ Desde cuando vuestro pueblo y el nuestro son amigos y comparten el pan y la sal? - replicó Gurdis.
Con una mirada cargada de reproche y odio Lia, la sombra que les había arrebatado las armas sin que la oyera venir, les contestó - Desde que no nos queda más remedio que hacerlo. Desde que nuestro enemigo común se ha vuelto mucho más fuerte que nuestros pueblos por separado. Desde que nuestra única alternativa es vivir.
Y con un silencio triste y ominoso se sentaron las cuatro a compartir su cena y, quizá, su futuro.

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