Las dos hermanas

No había parado de llover desde poco después del mediodía. Con las botas embarradas y las ropas caladas hasta los huesos, las hermanas casi sollozaron de alegría al divisar la aldea que se alzaba al pie de la prolongada pendiente en la que acababa la colina por la que discurrían. 

A pesar de que la distancia que les separaba de las primeras casas era escasa su recorrido se les antojó largo y duro, quizá debido al peso del barro aferrado a sus botas o quizá debido a las ganas de disfrutar de la primera cama decente en dos semanas. Realmente vivir la aventura era mucho más incómodo de lo que habían imaginado ambas elfas cuando de niñas soñaban con recorrer juntas el mundo. 

Por fin alcanzaron el puente de piedra que cruzaba el río a la entrada del pueblo. Las aguas bajaban crecidas a causa de las lluvias torrenciales de las últimas horas. Altea (siempre en cabeza, como buen ranger) buscaba con la mirada alguna posada o taberna en la que poder alojarse ella y su hermana Galadriel. Ésta la seguía, rezando en silencio a los siete dioses de la luz e implorando algo tan simple como una sopa caliente, una cama mullida y alguien más con quien poder hablar, ya que su hermana no había sido nunca la chica más sociable y habladora del mundo. Pocos metros más allá, en lo que parecía la plaza principal del pueblo, oyeron una musiquilla alegre sonando a través de unas ventanas con cristales ambarinos tras los que se adivinaban múltiples sombras. 


Al abrir la puerta encontraron unas escaleras que descendían hasta un amplio comedor. La música subió notablemente de volumen, pero lo que más les impactó fue el intenso olor a romero y tomillo de alguna olla hirviendo dentro del recinto. Con su olfato reconfortándose y felices ante el violento cambio de temperatura interior del local, se dejaron arrastrar escaleras abajo y tomaron asiento en una abandonada mesa de un rincón. 

La música era extrañamente agradable. Una pequeña banda de músicos trataban de sonar decentemente mientras cada uno la emprendía con poca traza con su propio instrumento. El flautista y el gaitero eran realmente malos, pero es que el violinista y el que aporreaba la pandereta directamente deberían haber sido juzgados y colgados de una soga en la plaza mayor. Eran horrorosos. Sin embargo junto a ellos un medio elfo tocaba el laúd con una dulzura poco frecuente. ¿Qué hacía un músico tan talentoso rodeado de aquella turba cacofónica? ¿Cómo un verdadero artista como aquel (pues sin duda era un artista) se rebajaba a tocar su música con aquella panda de incompetentes? 

Un joven humano con poco aspecto de camarero les sacó de sus pensamientos.

- ¿Qué quieren? - soltó sin más preámbulos. Vestía ropa oscura de viaje, y aunque estaba seco no parecía en absoluto un camarero o un posadero. 

- Pueeeees... Un par de cuencos de sopa de esa que huele tan bien y una habitación con dos catres hasta mañana o quizá pasado, depende del tiempo - contestó con decisión Galadriel, que seguía ensimismada escuchando al artista del laúd. 

- Enseguida les traigo la sopa - giró sobre sus talones y se escabulló entre los parroquianos de la taberna. 

Al poco rato otro medioelfo se acercó hasta ellas y arrastrando una silla vacía de la mesa contigua se sentó frente a las hermanas. Vestía una túnica larga hasta los pies de color azul oscuro y se apoyaba sobre un bastón de madera tallada. Un bello medallón con símbolos arcanos colgaba de su cuello y unos bonitos ojos azules parecían atravesar sus mentes al dirigirse a ellos. 

- Sed bienvenidas. Soy Rodelbar, hijo de Malekith, de la tribu...

- No conocemos a ningún Malekith, lo siento - zanjó bruscamente Altea. 

- Vaya - sonrió Rodelbar - ya veo que la sociable debes de ser tú - dijo apuntando con la barbilla a Galadriel. - Lo intentaré de nuevo... Soy Rodelbar y mis amigos y yo estaríamos interesados en cruzar los bosques hasta el este, más allá de la Espina del Dragón, y quizá un par de guías nos podrían ayudar. 

- Bueno, la verdad es que conocemos bastante bien ... - comenzó Galadriel.

- Buena idea - la interrumpió Altea-. Busca un buen par de guías y si les pagas bien seguro que te llevan. Ahora si no te importa nos gusta estar solas. 

La cara de Rodelbar se volvió seria de golpe y perdió todo atisbo de jovialidad. Junto a él apareció el camarero que les había atendido antes, sólo que en lugar de cuencos de sopa portaba una daga en cada mano y de su cinto pendía el saquito de monedas de Altea. De repente la música dejó de parecer agradable. Lo que tan sólo unos momentos antes era una bella canción mal ejecutada por unos músicos pésimos se acababa de convertir en un sinsentido de sonidos estridentes y desagradables. Junto a ellos apareció otro medioelfo, con un laúd en una mano y una espada en la otra. Todo el hechizo del lugar había desaparecido por completo.

- Último intento - trató de razonar Rodelbar-. Soy un mago con pocas ganas de aguantar impertinencias, y aquí un servidor, mi amigo en ladrón Stealth y mi amigo el bardo Racaris necesitamos cruzar COMO SEA el bosque antes de que nos localicen los hombres del Duque. 

Galadriel no podía entender lo que acababa de suceder. La música, la alegría, el ambiente cálido, las risas de los parroquianos... todo se había desvanecido de repente sin dejar más rastro que un recuerdo que se desvanecía por momentos de sus tristes ojos. 

- Haber empezado por ahí - respondió Altea. - Saldremos al amanecer. Ah, y quiero de vuelta mis monedas y dos cuencos de sopa caliente. 

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