The Trooper (la Torre del Hechicero)

Estaban a punto de seguir con la exploración de la torre cuando un ruido dentro de uno de los armarios los sobresaltó. La portezuela metálica se abrió poco a poco y del armatoste de metal y madero apareció un humano de considerable estatura, recio, fuerte y con armadura. Los miró uno por uno, como intentando desentrañar la sorpresa de sus rostros, hasta que por fin se decidió a hablar.

- Hola, yo pasaba por aquí y...

- Matémosle - interrumpió Rodelbar, que ya preparaba un virote de fuego en su mano.

- ¡Esperad! - gritó el guerrero. - Ey tíos, que de verdad que no vengo a mataros. Es cierto que yo pasaba por aquí, vi la torre, pensé que podría encontrar algo de valor en ella y entré a mirar. Pero al poco rato escuché unos ruidos extraños y me escondí en el armario.

- Yo creo que no es de fiar - respondió Galadriel. - Estoy con Rodelbar, matémosle. 

- No - les interrumpió Altea. - ¿No aprendisteis nada durante las últimas semanas? ¿No habíamos quedado que no mataríamos todo lo que se pusiera por delante sin preguntar antes? Además es un guerrero, algo de lo que no disponemos en nuestro grupo. 

Todos bajaron las miradas avergonzados una vez más ante las palabras de la clérigo del grupo. Una vez más tenía razón. Como casi siempre. 

- Esta bien, que se una al grupo. Pero no me inspira demasiada confianza - refunfuñó Rodelbar una vez más. 

- No será porque es un guerrero que se esconde en armarios, ¿verdad? - preguntó jocoso Racaris. - A todo ésto, ¿tienes nombre, guerrero del armario?

- Me llamo Ricardo Ruiz de León - respondió el hombre, con un deje de orgullo en la voz. 

- Pfff... Estás de coña, ¿no? Menudo nombre... - rezongó Stealth. 

Entre discusiones sobre la originalidad o no del nombre del guerrero humano que se les acababa de unir, salieron de la sala de torturas y descendieron los tres tramos de oscuras escaleras que los condujeron al subterráneo. Una robusta puerta de madera oscura y remaches de acero les cerró el paso. Intentaron infructuosamente abrirla golpeándola y cargando contra ella, pero lo único que consiguieron fue magullarse algún hombro y poco más. Hasta que el recién llegado guerrero pidió paso, y con un par de golpes secos bien dirigidos la puerta cedió totalmente, girando sobre sus goznes. 

Ante ellos tan sólo oscuridad. Encendieron un pebetero que sobresalía del muro a su izquierda y eso les permitió divisar unos pocos más en cada una de las paredes. Cuando todos hubieron prendido contemplaron el espectáculo de una inmensa sala que ocupaba todo el subterráneo de la torre, más de doce metros de un extremo al otro tanto a lo largo como a lo ancho. En el centro de la misma grabado en el suelo descubrieron un enorme pentáculo de invocación circunscrito en un círculo con runas dibujadas con sangre seca. Y en cada una de las cinco esquinas del pentáculo una vela de sebo apagada, cada una dentro de un pequeño plato con sangre seca cubriendo su base. Un escalofrío recorrió las espaldas de los aventureros. El mago observó todo ello con detenimiento y finalmente compartió con sus compañeros su sabiduría arcana:

- Es un pentáculo de invocación demoníaco - sentenció Rodelbar. 

- No me jodas tío, si no me lo llegas a decir casi hubiera pensado que era un estucado veneciano - protestó con sarcasmo Racaris. 

- La verdad es que no eres de mucha ayuda con aportaciones como esa - se sumó Galadriel la ranger. - Y no es que yo quiera malmeter, ¿eh? pero era bastante evidente sin necesidad de estudiar magia.

- Bueno vale, quizá no he aportado nada nuevo, pero oye, que os puedo asegurar que lo mejor que podemos hacer es no tocarlo y largarnos de aquí - se defendió Rodelbar de las ironías de sus compañeros. 

Dejaron de nuevo la mazmorra a oscuras y volvieron sobre sus pasos. Quedaba aún parte de la planta baja por explorar, y seguro que más peligros aguardaban tras cada esquina y habitación. Tras cruzar varios corredores inspeccionaron una polvorienta biblioteca en la que, escondido en un volumen hueco, hallaron un precioso colgante de color azul con una luz en su interior. Por fin llegaron a lo que parecía el dormitorio principal del noble que habitara aquel lugar. Una amplia cama con dosel contra la pared del fondo de la cámara dominaba el espacio, y todas las paredes estaban cubiertas con gruesos tapices descoloridos hacía ya mucho. Casi sin tiempo para reaccionar, ocho goblins salieron desde detrás de los tapices y se abalanzaron con sus toscos puñales contra los héroes. Tras la cabecera de la cama una criatura parecida a una babosa gigante erguida sobre su lomo comenzó a escupir chorros de ácido contra su enemigo más cercano, que resultó ser Stealth. Los chicos de Rodelbar se defendieron como jabatos, lanzando tajos a diestro y siniestro, pero el mago, Rodelbar, se dio cuenta de que algo no iba del todo bien. 

Una voz en su cabeza guiaba todos sus ataques. Y esa voz parecía hablarle desde el  bolsillo de su túnica en el que había guardado el misterioso colgante. Le decía cosas como "mata a tus amigos y yo te daré poder... no les necesitas, son un estorbo, tú y yo juntos podemos dominar el mundo...".  Trató de acallar las voces y centrarse en el combate. 

Ricardo el guerrero, haciendo valer su instinto bélico esquivó un ataque de dos goblins que se cernían sobre él y respondió con un golpe demoledor contra sus enemigos... que falló inexplicablemente e impactó en el hombro de Racaris, causando un gran dolor y una importante herida. 

- ¡¡Aaahhhh!! - gritó de dolor Racaris, al tiempo que se giraba para enfrentarse a Ricardo. - ¿Seguro que éste tipo es de fiar?

- Calla y sigue luchando, bardo - respondió Galadriel parando una estocada de otro goblin. - Ahora no es el momento. 

Poco a poco fueron acabando con la fútil resistencia de los goblins, mientras Stealth mantenía a raya a la babosa gigante él solito. Finalmente Ricardo el guerrero acudió en su ayuda y blandiendo la espada larga con su mano derecha lanzó una estocada descendente contra la criatura que impactó de lleno... en el pobre Stealth. 

- ¡¡Aaahhhh!! - aulló el rogue, que no esperaba el ataque por la espalda. - Empiezo a no fiarme yo tampoco de este tal Rodrigo. 

- Lo siento, de veras - se excusó Rodrigo mientras tajaba a la criatura repetidas veces con su espadón. - Es que también me equivoco de vez en cuando, ¿sabes? No siempre voy a acertar con mis ataques. 

La cosa quedó ahí porque la criatura murió pocos segundos después. La habitación había quedado salpicada con la sangre verde de los goblins y los chorros de ácido de la babosa gigante. Estaban exhaustos y heridos, así que decidieron descansar en esa habitación unas pocas horas hasta que se hubieran recuperado lo suficiente como para afrontar el resto de los desafíos de la torre. Rodelbar aprovechó para explicar a sus compañeros que el colgante de su bolsillo le hablaba. 

- Eso es preocupante, Rodel - le dijo Stealth. 

- Qué va - interrumpió Altea. - Lo preocupante no es que el colgante le hable. Lo preocupante es que él le responde. Habrase visto, un hombre hablando con un colgante. 

- A mí ese colgante me da mala espina - sentenció Racaris. 

- A ti TODO te da siempre mala espina Racaris, y siempre crees que vas a morir. Eres un alarmista - le regañó Galadriel. 

- A ver, no se trata de que sea un alarmista o no, se trata de que un colgante no debería hablar - agregó Ricardo. - Yo estoy bastante convencido de que ese colgante es maligno. 

- Mira tú no hables, tú no hables... - reanudó la queja Racaris. - Me voy a callar porque luego me llamáis alarmista y nenaza y quejica y mil cosas más, pero os aseguro que mi instinto me dice que de ésta no salimos todos. Ya lo veréis. Vamos acabar de mierda hasta el cuello. Luego no digáis que no os lo he avisado. 

Hicieron turnos de guardia para que todos pudieran dormir un poco y recuperarse antes de enfrentarse al piso superior de la torre. Pero primero debían superar los tres tramos de escaleras que ascendían, llenos de trampas. Algunos peldaños al pisarlos activaban un resorte que lanzaba un dardo envenenado desde el muro lateral. Uno de esos virotes acertó a Rodrigo. El pudor y las buenas maneras impiden que este cronista explique la curación a la que lo sometió Galadriel. Dejémoslo ahí. 


Finalmente llegaron a la planta superior. Esta vez la puerta que les bloqueaba el paso cedió suavemente, girando en silencio hasta quedar abierta de par en par, como si fuese utilizada frecuentemente. Ante ellos se abría la planta superior de la torre, una parte de la cual estaba a la intemperie pues el techo había cedido hacía ya mucho. Por la parte descubierta se filtraba el agua del diluvio tropical que en ese momento jarreaba sobre sus cabezas. En el centro de la inmensa sala divisaron un altar de piedra con una pequeña urna de cristal en el centro, y dentro de la misma un anillo con un zafiro engarzado. 

- Mata a tus amigos, toma el anillo y gobierna el mundo conmigo - susurró una vez más el colgante a Rodelbar desde el bolsillo de su túnica. 

- ¿Si te pongo en mi cuello me enseñarás hechizos poderosos? - preguntó Rodelbar al colgante. 

- A ver Rodel, por favor, si vas a negociar con tu colgante sobre si matarnos o no al menos no lo hagas en voz alta, que nos estás dando bastante mal rollo a todos - apuntó Galadriel. 

- Ups, lo siento - se excusó Rodelbar. 

- ¿No hay por aquí cerca ningún Monte del Destino en el que tirar ese colgante? - preguntó entre irónico y desesperado Racaris. 

Sin más cháchara Galadriel se adelantó a Rodelbar, avanzó hacia el altar y sin pensarlo dos veces tomó en su mano la urna que contenía el anillo. Inmediatamente aparecieron junto a la puerta de entrada tres sombras demoníacas que les cerraban el paso. El combate siguiente fue una lucha sin cuartel. Las sombras demoníacas drenaban la vida de los aventureros con sus zarcillos de oscuridad mientras éstos trataban de dañarlas con sus armas. Pero las armas normales parecían hacer poca mella en las criaturas tenebrosas, tanto los tajos de Racaris, Stealth y Ricardo como los mazazos de Altea o las flechas de Galadriel. Lo único que realmente parecía arrancar alaridos de dolor a las sombras eran los virotes de fuego de Rodelbar el mago.

En uno de los envites, una de las sombras esquivó el mazazo horizontal de Altea, y su barrido acabó estampándose contra el peto de Ricardo, al que hirió y dejó sin respiración durante unos segundos. Cuando se hubo recuperado lo suficiente le preguntó a su agresora "Y eso a qué ha venido?" a lo que ella, sin dejar de lanzar golpes a la sombra frente a ella se limitó a contestar "Habrá sido el karma".

Los aventureros iban perdiendo vida a marchas forzadas y el cansancio del combate comenzaba a afectarles de forma evidente, cuando Galadriel se percató que ni una sola de sus flechas estaba fallando su objetivo. Una idea se abrió paso en su mente hasta la superficie, y cristalizó cuando le entregó la urna con el anillo al mago y le dijo:

- Rodel toma el anillo y continua con tus virotes de fuego.

Y Rodelbar no dudó en hacerlo. A partir de ese momento la marea del combate cambió de lado totalmente, puesto que los dolorosos ataques ígneos del mago acertaban uno tras otro, acabando con las defensas de las sombras demoníacas. Finalmente la última sombra cayó bajo un virote de fuego del mago y un tajo del guerrero. Se mantuvieron en silencio, exhaustos, contemplando como las sombras se desvanecían y se convertían en vacío, en nada. Y de repente lo vieron. El cuerpo de su compañero el bardo, Racaris, yacía muerto sobre las losas de piedra. Un hilillo de sangre brotaba de la comisura de su boca, y su mirada se perdía en la bóveda oscura de la torre.

- Ha muerto Racaris - anunció Altea, arrodillándose junto al cuerpo de su amigo.

- Sí, ha muerto. Pero ha muerto dando su vida por nosotros, sus amigos - replicó Galadriel. - Deberíamos darle un entierro digno de un bardo legendario como él.

- Hombre, legendario, legendario... lo que se dice legendario tampoco - respondió Stealth. - Como bardo era pasable, pero sus rimas eran horrorosas.

- Es cierto - corroboró Ricardo. - En estos pocos días le he escuchado un par o tres que en cualquier convención de bardos le supondrían la expulsión permanente.

- Que no, que no voy a matarlos a todos - hablaba Rodelbar solo en la otra esquina de la sala. - Mira, yo ya sé o que tengo que hacer. Tú dame todo el poder que quieras, que yo ya decidiré como utilizarlo.

- Ese sigue discutiendo con el colgante - informó Galadriel. - Ésto acabará mal, ya veréis. Bueno en fin, ¿dónde enterramos a Racaris? La selva está llena de bestias que devorarán su cadáver en cuanto lo enterremos.

- Yo he visto una letrina bastante profunda junto al dormitorio de la entrada de la torre - propuso Stealth.

- ¿En serio quieres enterrarlo en mierda? - se sorprendió Altea.

Y entonces recordaron alguna de sus rimas menos dignas...


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